Un cuento
Hace tiempo que no me paso por aquí a contarte cosas… La última vez fue potente 😅😅😅. Esta vez traigo algo distinto, un cuento. Hace unos meses que he vuelto a escribir algo más que opinión buscando un estilo más narrativo. Y un fruto de esta nueva tendencia es el cuento que te dejo en este mail. La verdad es que cuando lo escribí solo me centraba en divertirme, pero creo que se puede extraer una importante reflexión: cada día vivimos cosas extraordinarias (pero casi imperceptibles) y continuamos como si nada… ¡Piénsalo, el mero hecho de seguir vivos es un milagro!
El tejido 🪐
Suena la segunda alarma del despertador, esos dos minutos más de tibia pereza entre las sábanas finalmente se habían convertido en veinte, costándole a Raquel el rozar la taquicardia a primera hora de la mañana. Saltó de la cama, descalza corrió al baño, ni esperó a que se calentase el agua para empezar a ducharse. Era un día importante, tenía esa entrevista de trabajo en la que tantas esperanzas había depositado; se había dormido e iba tarde. El café saliendo a borbotones de la cafetera italiana inundaba de olor el piso, las tostadas se quemaban en la tostadora blanca que le había regalado su madre mientras Raquel se vestía a la carrera entre el pasillo, la habitación y el baño. El pijama había quedado repartido por cada rincón de la casa, desmembrado cruelmente. El estuche de maquillaje era todo un desorden del que salían instrumentos que Raquel ni recordaba tener ahí, lo sometió sin piedad a un espolio agresivo en busca del rímel. Con una velocidad inaudita, tomó el café y las tostadas carbonizadas. Algo de perfume, bolso, gafas de sol, una última mirada al espejo, Raquel respiró y se compuso; abrió la puerta que se quejó con un chirrido y Raquel notó como se enganchaba la manga de la camisa en el picaporte. Tras un breve instante de resistencia y, como si algo se liberase, se escuchó un leve tac tac de un botón de la manga rebotando en la tarima. La cara de Raquel, presa del pánico, había perdido el color del maquillaje en una mueca de horror y agobio. Era la única camisa que tenía limpia que conjuntase con la blazer nueva que se había puesto con tanta ilusión. No tenía en sus planes ponerse a conjuntar ropa ahora, había que coser el botón.
La costura no era su fuerte, pero sabía lo suficiente como para poder remendar un insignificante botón. Tomó aguja e hilo de esa caja de galletas de mantequilla que guardaba en lo profundo del armario empotrado de la habitación. Enhebró la aguja al quinto intento, desesperada, se preparó para la primera puntada, y al perforar la tela, notó qué pinchaba algo viscoso, denso. No era el tacto normal de una camisa de Zara. Al terminar la puntada y sacar la aguja, del agujero comenzó a brotar un líquido denso y oscuro, que forzaba los límites de la tela como queriéndose expandir. Raquel tiró la camisa al suelo asustada, y pudo contemplar boquiabierta cómo la camisa comenzaba a desgarrarse por esa insignificante puntada, por la que estaba brotando el mismo universo. Había perforado el tejido del cosmos y ahora se derramaba delante de sus ojos, en el salón de su casa. El espacio estaba plegándose sobre sí mismo a causa de un punto de costura mal dado. Estrellas, planetas, galaxias enteras estaban abriéndose paso a través del roto en su camisa y se comenzaban a expandir en el salón de su casa; no tardarían en absorberla a ella y a toda la ciudad.
Cuando todo parecía perdido y abocado al desastre sideral, le llegó el turno de salir por el ojal a Saturno, su anillo obstruyó la abertura y logró contener el desparrame galáctico. Tras unos instantes de atroz empuje, que amenazaban con destrozar la camisa, impotente, el vencido el universo comenzó a retraerse. Raquel, aliviada en parte, se apresuró a fregar aquel desastre con cuidado de no pisar ningún agujero negro, la fregona iba a quedar para tirar a la basura después de tanta estrella y polvo astral. Tendría que pasarse por el súper después de la entrevista. El dilema sobre el desgarro cósmico podía esperar a la tarde, si lo hubiese visto su madre seguramente le reprocharía un “vísteme despacio…”. Ahora tocaba pensar qué se ponía para la entrevista, desde luego, no podía llevar esa camisa; estaba toda salpicada con constelaciones, “a ver qué quitamanchas arregla esto” pensó mientras atracaba el armario en busca de otro conjunto. Hay días en los que parece que todo el universo conspira contra uno.
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