La línea de montaje
Hace tiempo que no vengo por aquí con algún relato estilo cuento. No todo va a ser leer cosas serias, ¿no crees?
El tiempo es una gran mentira. Es el engaño más grande que ha perpetrado la humanidad, pero muy pocos lo saben. El tiempo en verdad se crea, es un artificio que se controla en una fábrica, situada en un paraje inhóspito en el corazón del Ártico. Solo los que allí trabajan conocen su paradero y su cometido. Sus trabajadores son seleccionados meticulosamente, viven en una ciudad burbuja cerca de la fábrica y no tienen contacto con el resto de la humanidad. De conocerse el secreto de la fabricación del tiempo, se desencadenaría una terrible guerra con total seguridad; los ambiciosos querrán ser dueños de su tiempo y del de los demás si se les permite.
En la fábrica de tiempo, cada empleado se encarga de ir ensamblando las líneas temporales del resto de seres humanos, añadiendo buenos y malos momentos, minutos de alegría y segundos de tensión, algún que otro disgusto, algo de risa descontrolada, de buen humor y de enfado. Los empleados, que suelen ser gente altamente cualificada, no suelen errar; pero aun así, de vez en cuando se distraen y de ahí que haya días que ni tú mismo sepas por qué, pero te levantas enfadado con el mundo. No es culpa de que seas un insoportable, como pretenden hacerte creer esos días; es solo que el que ha rellenado tu día no estaba del todo atento y tú eres una víctima de su despiste.
Juan Minutos llevaba veinte años en la fábrica del tiempo. Trabajaba en la parte de corte y confección, y en concreto se encargaba del corte. La mitología griega le denominaría parca de haberlo conocido, pero Juan prefería pensar que su trabajo era mucho más profesional que el mero arbitrio de una parca. Juan cortaba las líneas temporales en el punto exacto que se le indicaba, suponiendo esto para el dueño de la línea la muerte. No se trataba de crueldad; verlo así sería llevarse a lo personal algo meramente profesional.
Aquel día, la línea que entró sobre su mesa de trabajo le dejó paralizado. Era la línea de su mujer, Alicia Instantes. No podía cortar esa línea, ¿cómo iba a cortar la vida de su esposa sin avisarla antes? Juan sintió como un escalofrío recorría su espalda. Sus piernas perdían la fuerza por momentos y sentía mareos y náuseas. No se explicaba cómo podía haberle entrado a él la línea de su mujer; era probabilísticamente imposible. Juan sabía que si no cortaba la línea, se enfrentaba también él a la pena capital. Trabajar en la fábrica del tiempo tenía grandes ventajas, pero la traición se pagaba con la muerte. Dilató el corte lo máximo que pudo, ora afilando las tijeras, ora atándose un zapato, ora revisando papeles que no necesitaban revisión… Finalmente, sonó la alarma de fin de turno. Juan respiró aliviado. Recogió la línea de su mujer; mañana sería otro día, al menos tenía veinticuatro horas para pensar un plan. Ahora le urgía ir a casa y hablar con ella.
Juan salió corriendo de la fábrica con el corazón golpeando el pecho y la sangre fluyendo por sus extremidades como un descontrolado torrente. La adrenalina había tomado su físico y sentía que se movía por encima de sus capacidades. Pero de repente se terminó la fuerza vital. Juan golpeó con su cuerpo el helado suelo. Su vida se apagó de repente, sin aviso. El operario del turno de noche había cortado su línea de tiempo. Y lo que es peor, su sustituto al día siguiente cortaría la de su esposa.
Juan Minutos y Alicia Instantes solo volverían a verse en el inmenso reloj de arena donde van a vagar las almas al morirse; allí el tiempo no transcurre, solo cae al abismo. Pero eso es otra historia que ya te contaré otro día, si tengo tiempo…