Enamorarse: unas consideraciones prácticas
Hace un día que celebramos mi señora y yo 15 años juntos (noviazgo + matrimonio). El mérito es suyo (yo no lo pongo fácil). Pensando en nuestros tiempos de enamoramiento, se me ocurrió escribir este texto; espero que te guste.
Atendiendo a la complejidad de la materia y dada la aceptación social, independientemente del estrato social o grupo de edad, se ha tenido a bien elaborar el presente manual sobre el fenómeno tan extendido de enamorarse.
Previo a la técnica, se ha de atender a la definición conceptual del hecho de enamorarse para evitar confusiones posteriores, que podrían desembocar en nefastas consecuencias.
Enamorarse es una afección grave del corazón, entendido este último como órgano vital y motor impulsivo, fuente de pulsiones caprichosas y dispares, que es capaz de gobernar juicio y sentido cuando se exalta.
Por ser tal su naturaleza, la de afección, no se puede enfocar el proceso como algo iniciativa del sujeto o paciente, como si por propia voluntad se pudiese suscitar. Es más bien como una gripe en invierno, que no se espera y de la que no se pueden controlar los estornudos. Por ende, el presente escrito responde a la correcta conducción del proceso inevitable del enamoramiento, no a su creación voluntaria.
La detección precoz del hecho de enamorarse es una de las claves del éxito, dado que la perspicaz diligencia desde los primeros compases previene verdaderos disgustos y melancolías que terminen por hacer insoportable la levedad del ser. En caso de conducirse correctamente, el resultado deseado suele ser un sentimiento exuberante de gozosa alegría, que, de cuidar adecuadamente, puede alargarse para el resto de la vida útil del paciente.
Los primeros síntomas suelen ser poco concretos, incluso para el que los sufre, como cambios de humor y déficits de atención leves en función de la proximidad de la persona objeto de sus amorosos deseos. Se suelen notar también síntomas que han venido a denominarse como “mariposas en el estómago”, que suelen diferenciarse de una gastroenteritis por las consecuencias más inmediatas y escatológicas de la segunda. Es en este preciso instante cuando ha de procurarse hacer un juicio crítico, con la poca razón funcional que el corazón haya dejado en su emocional asalto, para evaluar grosso modo las opciones de éxito. Sirva por ejemplo el escaso éxito que generalmente reportan los enamoramientos por celebridades a las que no se ha visto más que por medios audiovisuales. Luego también ha de evaluarse la peligrosidad; si bien es cierto que los duelos de honor llevan años abolidos, sigue siendo poco recomendable enamorarse de alguien que ya tiene pareja, dado que puede generar ciertos odios, rencores, disputas, reyertas con navajazos…
Una vez cerciorado el paciente de que se encuentra en buenas condiciones para sufrir enamoramiento, ha de comenzar a alimentar el cuadro sintomático con melancolías generadas por la asidua lectura de poesía. Notará que se encuentra en el punto correcto de afección del primer estadio cuando se vea pensando en el objeto de su amor e inconscientemente suspire, dejando escapar por la boca la misma vida. En ese punto, fase dos, se ha de proceder a fomentar el contacto visual con el objeto del amor progresivamente. Nótese en este punto la vital importancia de que la persona de la que uno se enamora sea real y además accesible; dado que, de no ser así, mirarse con ojos que bullan admiración y locura transitoria es prácticamente imposible, frustrando de este modo las posibilidades de que el enamoramiento sea correspondido, aspecto siempre deseable como desenlace del proceso.
Mediante el contacto visual sincero, prolongado y con apenas pestañeos, logrará notificar al objeto de su amor su interés. Esta fase es extremadamente delicada, ya que un contacto visual excesivo (fase contemplativa) podría enviar mensajes erróneos. Es por ello que ha de comenzar en ese momento una especie de juego que consiste en las miradas huidizas (como dándose importancia) y en muestras de desinterés por el objeto del amor, aunque suene contradictorio. No existe una evidencia científica que demuestre que el fingido desinterés logre suscitar sentimientos de atracción en la persona amada, pero se viene observando que la humanidad así ha procedido a lo largo de su historia.
Paradójicamente, en este punto la persona amada suele percibir que ese desinterés aparente es en realidad un interés completo, y responde fingiendo a su vez el mayor desinterés. Todo ello genera una absurda situación para un observador externo a la pareja de implicados en el proceso; pero no hay que preocuparse: el amor suele ser absurdo; de ser racional, no será tal. La dilación en el tiempo de este juego suele desembocar en algún intercambio (siempre desde el desinterés) de palabras, gestos u otros tipos de interacción humana. Es de vital importancia, para alimentar el enamoramiento hasta su máxima expresión, que el paciente lea y, a poder ser, escriba todo tipo de dramas románticos, preferiblemente en rima, por ser esta forma de comunicación la que mejor entiende el caprichoso corazón. Esto situará al paciente en una especie de desesperación tocante al misticismo, en el que la propia vida le parece desdeñable si no es correspondido en su enamoramiento.
Queda en esta fase el sujeto completamente a merced de su afección sentimental, y de la que solo logrará salir mediante la comisión de alguna que otra estupidez que termine por dejarle en ridículo a ojos de la persona amada. Tal embarazosa situación suele dar paso a la sinceridad y a la fervorosa declaración de amor, que, de verse correspondida, estallará en una serie de manifestaciones sentimentales ligadas a la felicidad y en alguna que otra expresión de afecto corporal como los besos con ternura y las caricias.
IMPORTANTE: Si usted cree que es el objeto del amor de alguien, ha de seguir lo anteriormente descrito desde el punto de vista del amado para alcanzar el correcto desenlace del proceso. Si presta atención al enamorado antes de tiempo, puede que la tormenta emocional del paciente no se haya terminado de desarrollar por completo, sin llegar a ese estado de sentir una insoportable levedad del ser. Esto daría entonces con un enamoramiento incompleto que podría ser defectuoso por mala praxis en su gestación. A modo de precaución, llegado el punto de la declaración amorosa, no se fíe de aquellas que no incorporen aseveraciones tales como “me muero por ti” o “la vida sin ti no tiene sentido”; no puede tener tal declaración condicionales ni subjuntivos.
Sobre el cómo mantener el enjambre de mariposas que se generaron en la primera fase del proceso, encontrará usted abundante literatura; sirva solo como apunte el que suele funcionar el alimentar diariamente la admiración que siente por el objeto de su amor, las delicadas atenciones incluso cuando no apetece y la predisposición constante para besar en los labios, reírse mucho juntos, pasear de la mano y abrazarse.
Nos leemos, Josete