El puñal de Dido
—Han invocado a Dido. —Todos los ojos del consejo se volvieron hacia el joven diácono que aún sostenía el picaporte de la puerta en la mano.
—Han invocado a Dido —insistió jadeante Astilla— ha sido un accidente, maestros, solo estaba practicando en la biblioteca con textos antiguos.
La ira se mezcló con la confusión en la cara del consejo de maestros; las normas sobre la lectura estaban bien tasadas: solo los vocatores podían leer, y siempre con autorización de los mayores.
—Ha matado a los cuatro novicios que estaban allí…
—¿Habéis activado la jaula? —La voz del más veterano de los maestros, Trueno, sonó con cierta indignación.
—Sí, maestro. No puede salir del convento. Pero si no hacen algo rápido nos matará a todos…
Trueno se levantó de su silla con una tranquilidad que no hacía más que incomodar al diácono que se aferraba al pomo de la puerta. Arrastrando sus descalzos pies se dirigió por el pasillo del claustro, cabizbajo y murmurando para sí lamentaciones sobre lo ineptos que eran últimamente los novicios. Con vocaciones tan débiles la orden no perduraría mucho. ¿Quién guardaría las letras si el último reducto de lectores caía?
—¡Eneas! —El desesperado grito rebotó en los techos abovedados del claustro— ¡No existe eternidad que pueda ocultarte a mis ojos! Derramaré tu sangre en libaciones a todos los dioses, ¡cruel e ingrato huésped!
Trueno mantuvo su sereno avance entre letanías masculladas. Dentro de lo malo, Dido no era una deidad y sería fácil contenerla, pensaba. Alzó sus manos y avanzó como si tratase de empujar el aire que le separaba de la biblioteca. Al punto, emergió de la puerta Dido empuñando un afilado puñal manchado de la sangre de los novicios que se interpusieron entre ella y su locura.
—¡Eneas! ¿Dónde lo ocultáis? Azuzaré mi ira contra vos y contra toda vuestra estirpe si no me lo entregáis…
—Silencia tu boca, desdichada Dido, ¡vuelve a las letras de las que nunca deberías haber salido! —La voz de Trueno enfureció a Dido, que dejando caer el puñal se arrojó hacia Trueno en una desesperada carrera mientras gritaba de rabia.
Un estallido azul brotó de las manos de Trueno inundando el claustro de una cegadora luz y la estridente voz de Dido se desvaneció en un eco. Trueno, libre de la amenaza, recogió el puñal y se volvió para escudriñar la cara de Astilla.
—Nunca alcanzarás la ordenación de vocator —le espetó con un desprecio contenido— Si no sabes proteger a tus alumnos, ¿cómo protegerás a la comunidad?
El joven diácono agachó la cabeza humillado. El resto de los maestros volvieron murmurando a la sala del consejo. Trueno, habiendo logrado controlar su indignación, lo sujetó paternalmente por los hombros. Astilla no despegaba la mirada del frío suelo de mármol. De haberlo hecho se habría delatado. La traición hundía sus raíces, atenazándole el corazón. Sabía que fuera de la orden no había posibilidad de poseer letras y encontrar creadores mercenarios era arriesgado, no sería el primer vocator excomulgado que moría traicionado por una lectura envenenada.
—Eres presa fácil para el miedo. Sucumbes a la histeria del momento fácilmente y eso pone en riesgo al resto. Cuando un vocator lee debe tener el arrojo suficiente para enfrentar aquello que emerja de las letras. Si no tienes el coraje no leas; vuelve al mundanal ruido, deja que las inteligencias artificiales lean por ti, no pongas en riesgo a los que están cerca. Vuelve a tu celda y medita tu camino.
¿Meditar irse? Amaba leer. Prefería matarlos a todos inmolándose a tener que soportar que las inteligencias leyesen por él. Dido no había funcionado. “Quizás las Erinias me puedan ayudar… La orden ha roto su juramento de ordenarme, es injusto”.
El cielo se cubrió con el negro manto de la noche. Bajo la atenta mirada de las pálidas estrellas rompía el sepulcral silencio el murmullo de una voz pronunciando, meticulosamente y muy despacio, en griego antiguo aquellas estrofas de Esquilo, a la luz de una tenue vela.
El canto quedó interrumpido por un sonido estertóreo de una respiración que se ahogaba en su propia sangre. La mano ejecutora sacó el puñal de Dido de la garganta de Astilla y lo arrojó sobre el libro.
Sus acciones precedían a su ruido, por eso le llamaron Trueno; su astucia superaba a todos, incluidos aquellos que tramaban una traición.
Este texto forma parte de un mundo de fantasía que estoy construyendo y de una buena iniciativa denominada Grupo de ficción especulativa.