Ser para la muerte
Pues sí, como lo oyes: nos morimos.
Además, el ser humano se muere con bastante poco, eh, no es necesaria una gran enfermedad o largos años de vida, que va; un volantazo tonto en la carretera, una caída con un mal golpe… Con menos de nada nos vamos para el otro barrio. Parece una perogrullada, pero ayer, a raíz de una conversación con un amigo, me di cuenta de lo poco conscientes que somos de una realidad con la que nacemos. Y creo que no es del todo culpa del individuo; creo que tiene mucho que ver la sociedad, que ha comenzado a considerar la muerte como un tabú. De hecho, de lo que hablábamos era de lo que nos fastidiaba de niños un entierro en verano en el pueblo; porque esa tarde, en lugar de piscina, tocaba misa de réquiem, con las exequias presentes, para luego subir andando, atravesando las calles del pueblo hasta el cementerio, en el que se rezaba un responso. Creo que de todo eso queda más bien poco. Al menos en las grandes ciudades. Puede que en los pueblos aún sea así, pero en las urbes nos hemos vuelto muy finos y ahora la gente no se muere, o si se muere, hacemos como si no.
Todas esas imágenes a un niño le presentan una realidad muy clara: que la vida tiene un fin. Ahora a los niños les dicen que su abuelo se ha ido a una estrella. Yo no le veo nada de bonito a la metáfora; una estrella es una gran masa de plasma a temperaturas altísimas que se consume y termina por explotar. Lo veo más como una imagen de un infierno que como algo reconfortante, pero qué sé yo… Tampoco entiendo muy bien ese eufemismo de “nos ha dejado”; de eso nada, si le preguntamos seguramente no nos quería dejar.
El meollo de todo esto, al menos en este artículo, no es sobre si hay vida más allá de la muerte o no; el tema es si vivimos conscientes de una muerte segura para cada uno o no. Y no lo digo como algo poético o estoico, que también son aproximaciones válidas. Lo comento más bien pensando en toda esa cantidad de gente que vive persiguiendo miserias terrenas, como fama y reconocimiento, sacrificando sus preciosas horas para un bien temporal y, dependiendo del caso, como por ejemplo los “influencers”, un bien muy temporal, efímero más bien. Yo creo que si la gente pensase que algún día (que no sabe cuándo) vestiría el correspondiente traje de pino, no perdería el tiempo en subir vídeos o en ver bailes (o cualquier otra tontería) en TikTok, Instagram, etc. Alguno de esos se va a llevar un susto el día que se entere de que tarde o temprano morirá y que, además, muy probablemente, a sus millones de seguidores les dé igual porque hará años que ya se hayan olvidado de él. Si la fama siempre fue efímera, ahora en las redes sociales ese efecto temporal se ha multiplicado por mil.
Pero bueno, hay más formas de desperdiciar el tiempo de espaldas a una realidad final, solo que hoy me apetecía criticar. Es lo que tiene estar de vacaciones y madrugar, que uno se levanta criticón.