Ser feliz o ser un cenizo
Darwin, ese barbudo que propuso la teoría de la evolución por selección natural, se equivocó con el género humano. No nos aplica esa teoría, por muchos aspectos, pero en concreto hoy me quería detener en ese “no me da la vida”; porque, dígame usted lo contrario, si así lo piensa querido lector, porque disfrutamos de una vida mucho más fácil que en los siglos pasados y aun con esas, dependiendo a quién se escuche, parece que vivimos peor. Es decir, partimos de dos hipótesis (dando la de Darwin por cierta) o el hombre es cada vez más zoquete, o el medio es más hostil ahora…
Resulta que nuestras bisabuelas tenían ocho hijos, sacaban la casa adelante sin Thermomix ni robot aspirador mientras nuestros bisabuelos bregaban en el campo de sol a sol trabajando como animales (y con animales) y no tenían ansiedad, ni necesitaban consulta facultativa para lidiar con el estrés, tampoco se practicaba yoga y mindfulness; a lo sumo, aquellos que creían estar en el mundo para algo más que arar la tierra, se confesaban (entre otros sacramentos) y rezaban. ¿Y ahora? - Es que no me da la vida. Imposible. No puedo con este ritmo.
Sinceramente, creo que hay unos aspectos externos que nos condicionan, sobre todo en una gran ciudad, por ejemplo los atascos o los horarios de determinados puestos de trabajo. Pero creo que la base en todo esto, no está en los factores externos, es más bien el cómo afrontamos esas injerencias (aquí huele a Epicuro…) y en aquellas necesidades que nos hemos creado. Voy por partes, en primer lugar creo que nuestra perspectiva sobre nuestra situación vital nos sirve para justificarnos, en el fondo es autoconvencerse de algo. Un ejemplo de la mano de Don Camilo José Cela, en el inicio de “La familia de Pascual Duarte”, uno de mis libros favoritos y de los inicios de relato más conocidos:
Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.
Solo este fragmento daría para largas disertaciones sobre el bien, el mal, el condicionante externo, el destino… Pero esta vez, al leerlo de nuevo, en lo que reparé es en la necesidad de autojustificación que tenemos los humanos. Pascual se considera un desgraciado, con motivos para la maldad y que ha sido destinado a la senda de los cardos. Esto es el día a día de muchas personas, el creerse en la senda de los cardos, mientras que otros pasean por el de las flores. “Problemas tenemos todos”. Nadie tiene una vida fácil, ni a su completo gusto. Lo que varía es la forma en la que enfrentan la realidad interiormente y exteriormente. Esto pasa mucho con los padres, por norma general los niños hacen cosas de niños y suponen una carga de trabajo a sus progenitores, esto es pura realidad empírica; pero frente a tal realidad, hay dos grandes posturas: aquellos padres que cuando les preguntas responden que muy bien y encantados; y aquellos otros que parece que sus hijos son los únicos que lloran, se cagan, no paran quietos y demandan atención no dejándoles tiempo a ellos para sus cosas.
El ciclo del cenizo consiste en repetir las quejas hasta que termina por creerlas y además pretende que el resto las crea. Qué mala suerte tengo yo y que bien le va al resto. La senda de los cardos de Pascual Duarte…
La segunda razón por la que considero que antes tenían una felicidad más al alcance de la mano, y que ahora hemos perdido, es la creación de necesidades. No digo que antes fuesen más felices, ahora lo podemos ser igual; solo afirmo que antes eran capaces de alcanzar antes un grado de felicidad (pese a peores condiciones materiales) porque tenían menos necesidades creadas y la vida tenía un sentido más trascendental que en la actualidad. Ahora vivimos en una sociedad materialista en el pensamiento, que avanza en función de la regla que marque el pragmatismo más feroz acuciado por una economía capitalista deshumanizada; mientras la voluble opinión pública la manipula el relativismo extremo dirigido por grandes núcleos de poder interesados. Si te aprendes esta frase de memoria ya lo tienes hecho en cualquiera de tus próximas conversaciones de barra de bar.
En este marco, naturalmente que es complicado abstraerse y ver que la felicidad está en la entrega de la vida al servicio de los que quiero (“los que quiero”, dependiendo del grado de egoísmo, puede ser desde los más cercanos hasta la humanidad entera… humanidad comprende a la especie humana, no a las mascotas… triste tener que aclarar esto…), que la alegría es hacer felices a otros aun a costa del sacrificio particular (sí, siempre se ha encontrado la felicidad en el sacrificio, sin necesidad de ser un asceta…), que vivir para uno mismo es la forma más triste de existir, porque cuando Caronte te llame a compartir un paseo en barca, no quedará nada de ti aquí. Y esto no es fácil, claro que no, pero es más fácil encontrar la felicidad plena en esta lucha por darse, en esa pelea interna para afrontar la realidad sobriamente, en ese destierro dolorosísimo del “yo”; que en la luz de bengala que nos propone la modernidad con sus felicidades parciales. No sé, digo yo.
Nos leemos,
Josete
Pd. Te dejo aquí abajo una encuesta sobre el siguiente tema, ¡dime sobre que te gustaría que escriba! Ya veré yo luego si te hago caso…