Migración, desinformación, discurso de odio
AVISO IMPORTANTE: ¿Qué vas a leer? Una especie de ensayo que esbocé para un congreso internacional “FOM@Play: Migration, identity and transnational discourses” que se celebró en Granada. Presenté un abstract y fue seleccionado, pero lamentablemente, por motivos personales no puede acudir a exponer. Lo que te dejo por aquí son las líneas de pensamiento sobre las que trabajé para elaborar la exposición. Te lo advierto, es un texto largo, complejo y polémico. Migración y desinformación, un enfoque del problema desde un punto de vista más profundo. Espero que te guste.
Queramos verlo o no, nuestros tiempos atraviesan una depresión cultural importante. Esta crisis cultural y cognitiva que aqueja a la sociedad contemporánea termina por producir serias heridas que, aunque ocultas, favorecen la propagación de populismos y discursos manipulativos, que tienen una mayor afección y calado en las masas más maleables; precisamente por su falta de juicio crítico, a causa de dicha crisis. El fenómeno de la “desinformación”, tan en boga actualmente, no deja de ser algo tan viejo como el mismo género humano; en el fondo, la desinformación es mentir con un fin manipulativo. Uno de los temas más polémicos, y a la par más empleados por los distintos discursos políticos, es la migración; y cuando un tema es político, también es candidato para ser objeto de mentiras y manipulaciones. Partiendo de la depresión y de los malos tiempos para la razón, ¿Hasta qué punto está la sociedad preparada para afrontar el debate sobre la migración? En torno a la migración y la polémica que genera, ¿Es la desinformación el problema o lo es la carencia de criterio?
Para analizar el problema, ha de comenzarse por entender qué propicia esta época tan flaca culturalmente hablando. Y es que, un catalizador del problema mencionado, son las redes sociales y similares como nuevo medio de comunicación, que han provocado sin ser vista una transformación cognitiva de calado. Más allá de características técnicas como las redes de contactos afines y la propagación en el medio como altavoz y espejos; el mayor problema epistemológico lo plantea la inmediatez y el atractivo de lo llamativo; que han contribuido al declive del relato pausado y del pensamiento complejo, fundamentales para la comprensión del mundo. Las luces y los sonidos han reemplazado a las letras y al silencio, lo éfimero y pasajero ha suplantado a lo profundo y permanente. Las historias como constructo social nos ayudan a comprender la realidad (Bruner, 1991), no es trivial que la humanidad haya contado historias desde la mitología a la literatura contemporánea, el mito dio paso al logos, que sin ser fantasía seguía siendo palabra. En la actualidad, al encontrarnos sin relato, el pensamiento analítico (razón) del individuo se diluye, volviéndolo vulnerable y maleable; escenario idóneo para que las mentiras, la desinformación, se propaga fácilmente sin un adversario racional que la cuestione, que la enfrente desde el ejercicio intelectual.
La narración es nuclear en nuestra existencia, el lenguaje es la casa del ser para Heidegger; somos, en parte, porque tenemos un lenguaje y con él narramos; es entonces la crisis narrativa, un problema existencial humano, que ataca a lo profundo del ser y de la existencia. Narrar y hacerlo despacio, en palabras de Nietzsche:
“Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco años que seis? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además, tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo, y tal vez lo siga siendo. La palabra «filólogo» designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud. Por esto precisamente resulta hoy más necesaria que nunca; precisamente por esto nos seduce y encanta en esta época nuestra de trabajo, esto es, de precipitación, que se consume con una prisa indecorosa por acabar pronto todo lo que emprende, incluyendo el leer un libro, ya sea antiguo o moderno. El arte al que me estoy refiriendo no logra acabar fácilmente nada; enseña a leer bien, es decir, despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos, con unos ojos y unos dedos delicados. Pacientes amigos míos, este libro no aspira a otra cosa que a tener lectores y filólogos perfectos. ¡Aprended, pues, a leerme bien!”
Nietzsche, F. (2017). Aurora: Reflexiones sobre la moral como prejuicio
Tal como dice Nietzsche, para los problemas actuales se necesitan soluciones que llegan con la lentitud de la lectura pausada, en especial de los grandes clásicos, tan necesarios para recomponer el presente roto; dado que la literatura refleja la evolución del pensamiento del ser humano, solapando realidades sensibles con conceptos abstractos. Haciendo comprensible, de una forma atractiva y fácilmente identificable, términos éticos complejos.
La pérdida narrativa provocada por la nueva comunicación, anteriormente argumentada, es una parte del problema, siendo la segunda parte la inmediatez, que ha provocado además el desgarro de la tensión argumentativa (Han, 2025), elemento clave para cohesionar nuestra existencia narrada en el tiempo. Construir relato en el presente enfrenta el reto de conseguir revertir el modelo temporal al que se nos ha acostumbrado con las nuevas plataformas de comunicación y entretenimiento. La variación de la tensión argumentativa influye en la forma de vernos y entendernos como conjunto, los hombres se convierten en islas (Ordine, 2023) dejando de reconocerse en el otro y el tiempo deja de fluir secuencialmente, históricamente, para fragmentarse en instantes puntuales, facilitando ese individualismo voraz que consume al hombre moderno.
Este hombre aislado e individualista, sin narración vital ni criterio, habita y existe en una era global, con problemas que amenazan la estabilidad de las sociedades, como lo son los grandes movimientos migratorios; que a su vez son objeto de los discursos populistas más variopintos. Se hace fundamental, pues, ahora más que nunca, acudir a literatura como ayuda para comprender la realidad; fomentando mediante la narrativa el pensamiento crítico como defensa frente a los discursos manipulativos y la desinformación. Y hablar de migración implica necesariamente hablar de hospitalidad, y de comprenderla conceptualmente e históricamente.
“Caesarem eodem tempore hostem et hospitem vidit –quid hoc tristius?” (Vio a César, su enemigo y huésped a la vez -¿qué cosa más triste que ésta?) C) Cicerón, M. T. De la adivinación II 79
Los distintos contextos históricos y sociales han reflejado la hospitalidad en sus narraciones más importantes; desde la mitología a las religiones o autores más recientes, la hospitalidad ha sido un tema trascendental en la literatura. Un repaso a los textos más importantes sirve para reencontrar el sentido más profundo de la hospitalidad, buscando la evolución desde el hospes al hostis (Benveniste, 1983) como opuestos. De la misma raíz hospitalitas, se puede partir del huésped para terminar en el enemigo.
“Pero el sentido del got. gas!, antiguo eslavo gostí, es «huésped», el del latín hostis, «enemigo». Para explicar la relación entre «huésped» y «enemigo» se admite, por regla general, que ambos derivan del sentido de «extranjero», que todavía está atestiguado en latín; de donde «extranjero favorable —> huésped», y «extranjero hostil > enemigo». [..] De la misma palabra hostis, Festo dice: ejus enim generis ab antiquis hostes apellabantur quod erant pari iure cum populo Romano, atque hostire ponebatur pro aequare. «Se les llamaba hostes porque eran de igual derecho que el pueblo romano, y se decía hostire por aequare.» […] Este reconocimiento de derechos implica cierta relación de reciprocidad, supone una convención; no se dice hostis a todo el que no es romano. Entre ese extranjero y el ciudadano de Roma se establece un vínculo de igualdad y de reciprocidad, lo cual puede conducir a la noción precisa de hospitalidad. Partiendo de esta representación, hostis significará «aquel que está en relaciones de compensación», que es el fundamento de la institución de hospitalidad.” Benveniste, É. Vocabulario de las instituciones indoeuropeas.
La hospitalidad supone una relación compensatoria y de reciprocidad, que puede romperse si alguna de las partes no cumple. Acoger y hospedar es un deber fundamental, pero que conlleva una gran responsabilidad de correspondencia para no traspasar la línea que separa el hopes del hostis. Uno de los clásicos más importantes para la cultura occidental, la Eneida, narra cómo Enéas incumple con Dido. “Cui me moribundam deseris, hospes?” 323 Libro IV Comienza Dido su lamento, en el que se quejará luego en el 375 sobre la falta de reciprocidad (lealtad):
”Nusquam tuta fides. Eiectum litore, egentem
excepi, et regni demens in parte locavi;
amissam classem, socios a morte reduxi.
Heu furiis incensa feror!
No hay lugar seguro para la lealtad. Arrojado en la costa lo recogí indigente y compartí, loca, mi reino con él. Su flota perdida y a sus compañeros salvé de la muerte, ¡ay, las furias encendidas me tienen!”
Es este solo un ejemplo, sobre una hospitalidad no del todo correspondida que terminó en desastre y posteriores guerras. No es azar que este tipo de reflexiones salpiquen los mejores textos, y no solo aquellos de corte religioso o moral, pues es una de las formas en las que la sociedad asimila valores y conductas que luego serán sustento de la convivencia social. Navegar los textos que han sido el hilo con el que se ha cosido la historia que nos ha traído hasta los tiempos presentes, es un deber de responsabilidad para comprender nuestro existir.
El lenguaje no es azaroso y tiene una trascendencia que es más bien ignorada en la actualidad, véase por ejemplo las formas de comunicación empleadas mayoritariamente (citadas arriba) y el daño que hacen al buen uso del leguaje. Al igual que con hospitalidad, se hace también necesario rescatar el sentido etimológico de ética como ἦθος (êthos):
“una sentencia de Heráclito, que sólo tiene tres palabras, dice algo tan simple que en ella se revela inmediatamente la esencia del ethos. Dicha sentencia de Heráclito reza así (frag. 119): ηθος ανθρωπω δαιμων. Se suele traducir de esta manera: «Su carácter es para el hombre su demonio». Esta traducción piensa en términos modernos, pero no griegos. El término ηθος significa estancia, lugar donde se mora. La palabra nombra el ámbito abierto donde mora el hombre. Lo abierto de su estancia deja aparecer lo que le viene reservado a la esencia del hombre y en su venida se detiene en su proximidad. La estancia del hombre contiene y preserva el advenimiento de aquello que le toca al hombre en su esencia. […] Pues bien, si de acuerdo con el significado fundamental de la palabra ηθος el término ética quiere decir que con él se piensa la estancia del hombre, entonces el pensar que piensa la verdad del ser como elemento inicial del hombre en cuanto existente es ya en sí mismo la ética originaria” Heidegger, Carta sobre el humanismo.
Es entonces la ética, el “lugar en el que se mora” y posteriormente “lugar desde el que se vive”. Vivimos éticamente, queramos o no, es el êthos nuestro hogar, y desde él comprendemos la realidad.
Se puede comenzar ahora, sobre la base anteriormente expuesta, a construir la ética de la hospitalidad, comprendida como el acoger (hospitalitas) en y desde nuestra morada (êthos) y existencia. Un acoger, responsable, recíproco, que comienza en el individuo, pero su sentido más profundo se despliega en sociedad. Es un salto de confianza y al vacío, el que hospeda, haciéndolo como deber ético, lo hace confiando a ciegas en su huésped y presuponiendo una relación que será correspondida. Es este plano, uno tal, que expone el buen obrar a la traición y a las represalias que tal traición pueda conllevar, y así ha sido durante siglos en distintas culturas y religiones. La diferencia es que antiguamente las sociedades comprendían este sistema porque tenían relatos (algunos religiosos) a los que acogerse, tenían un criterio; tenían narrativa, en definitiva, de la que ahora carecemos.
Queda puesto en relevancia que es el individuo el responsable de huir de la manipulación mediante el crecimiento cultural y la formación de criterio, por ejemplo, como en este artículo se propone, con la lectura de los clásicos de la literatura. Bien distinto es que los que dirigen la sociedad quieran fomentar tal espíritu crítico, temerosos de que se vuelva en su contra el criterio y no sirva entonces la manipulación. El pensamiento crítico, junto con la moral y la ética, pueden parecer campos agrestes y poco populares, reservados para intelectuales; pero la realidad es que se han sido permeados como la lluvia cala en el estrato del campo, a través de las narraciones populares. No debemos perder la narrativa y la contemplación, la convivencia social va en ello, en el tema de la migración así como en tantos otros.
¿Lo has leído todo? Gracias, me encantaría conocer tu opinión al respecto. Puedes contestar a este correo y me cuentas. Siento la longitud del texto, sé que ha sido breve y que necesita de un desarrollo mayor. Todo llegará.
Nos leemos, un abrazo
Josete
Algo de blibliografía:
Benveniste, É. (1983). Vocabulario de las instituciones indoeuropeas.
Bruner, J. (1991). The narrative construction of reality. Critical Inquiry, 18(1), 1-21.
Ciceron M.T. De divinatione
Han, B. C. (2015). El aroma del tiempo: un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder editorial.
Heidegger, M., & Girardot, R. G. (2000). Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza Editorial.
Nietzsche, F. (2017). Aurora: Reflexiones sobre la moral como prejuicio (J. Aspiunza, Trad.). Editorial Tecn(Trabajo original publicado en 1881)
Ordine, N. (2023). Los hombres no son islas: Los clásicos nos ayudan a vivir (Vol. 446). Acantilado.