La razón en un lupanar II

3 Mar 2025 · Filosofia

Vamos a por la segunda entrega, sobre el interesante tema de la crisis de intelectuales. El problema que genera la escasez ya lo traté en la primera edición, se puede escribir mucho más… Con este correo quiero detenerme más en la figura de influencers, esos grandes predicadores sin credo, entregados a la absorbente tarea de representar una vida, dentro de una red social.

Y es que muchos intelectuales, o al menos potenciales intelectuales, han sido seducidos por este estilo de divulgación. Basado en conseguir seguidores, likes y demás estadísticas. Ya hablamos del efecto de la dopamina en el consumidor de contenido en redes. Pero para el creador de contenido hay una adicción igual de peligrosa: chutes de ego.

Sobredosis de ego

Creo que la escasez de opiniones independientes en la vida moderna se debe, en parte, a que las entierra el ego de sus creadores. Porque prefieren la reputación, traducida en seguidores y likes, que mantenerse fieles a una idea. Esto es bastante triste. Si ya es penoso ver ideas vendidas por dinero o poder, me parece aún más deprimente que se vendan las ideas por mero prestigio. No trasciende igual (en términos de alcance) una opinión sensata en un artículo o columna de un medio digital o escrito que un vídeo de 30 segundos llamativo y superficial.

Diré más, es un prestigio irreal. Estamos construyendo “referentes”, “famosos” o “influencers” en un ecosistema falso, intangible. En las redes puedes ser un crack, pero luego la verdad es que en la calle no eres nadie. Esto también genera unas disforias curiosas; es una doble vida que no se corresponde. Una fantasía perfecta de cara al público, con ninguna conexión con lo que es la vida real.

Presión social y censura

Queda un punto más. Algo polémico. Creo que desde el COVID, la sociedad, apremiada por los poderes, ha aceptado una censura autoimpuesta por la corrección política y la presión de la opinión mayoritaria. Incluso la sociedad está animada y busca delatarse entre ella misma… Suena a tiempos de inquisición en los que podías delatar al vecino por herejía.

Punto uno: que muchos opinen algo no lo hace necesariamente cierto. Solo hay que echar un ojo a la historia para ver cuántas veces se daba por cierto algo que con el paso del tiempo se demostró no ser así. ¿Se puede equivocar una mayoría? Sí. Además, lo hace con frecuencia. Un factor que favorece este error en cascada es que nos cuesta discrepar de la mayoría, dado que eso pone en riesgo nuestra aceptación en el grupo. Es instinto de supervivencia. Una opinión mayoritaria no significa que haya sido mayoritariamente razonada, solo ha sido mayoritariamente aceptada. Que no es lo mismo.

Verdad oficial

Otro melón. La verdad oficial y la corrección política. No hablo de etéreos, hablo de realidades administrativas, al menos en el estado en el que vivo ahora. Hay gente (cobrando) encargada de decir qué es verdad y qué no. Esto puede ser bueno, pero también peligroso… ¿No te parece que esto nos puede acercar a una verdad oficial? Lo comenté en la primera parte: no se trata de combatir las mentiras con verificación. Es mejor hacerlo dotando de criterio.

Recientemente, escuché el discurso de JD Vance en Múnich No quiero expresar aquí una opinión política. Únicamente me gustó la parte en la que se refiere al problema de las elecciones en Rumanía, en las que en teoría se detectó una influencia Rusa, por el medio de campañas de publicidad en redes. Y Vance dejó la siguiente reflexión: “Si una democracia puede ser manipulada por medio de propaganda en redes sociales… quizás no sea lo fuerte que se le supone”. Esto es lo que tenemos cuando se trata a la sociedad de forma infantil. No logran pensar por sí mismos y son fácilmente manipulables. Sinceramente, creo que la manipulación interesa, lo que pasa es que molesta al poder cuando el que manipula es otro ajeno a él o con otros intereses…

La lucha contra las mentiras, contra la manipulación, contra el infantilismo… es la formación y el fomento de un pensamiento crítico. Y esto pasa por escuchar opiniones, que nos gusten y que no. Necesita de una libertad real de expresión, sin coacciones. Requiere de espacios públicos en los que debatir racionalmente, no como aficionados de un deporte o integristas de un credo. Y por último, requiere de un esfuerzo individual, como el que estás haciendo tú al leer este correo.