Érase una vez...
¿Sabes contar historias? Hoy en día parece que está un poco en desuso; los niños ven dibujos en la tele en lugar de oír cuentos. Los adultos consumimos basura en las pantallas (me da igual que sea una red social o una plataforma de contenido…) en lugar de contarnos historias. Las historias que se escriben cada vez son peores; algún día criticaré la literatura moderna y los “libros por encargo” de esos autores más pendientes de sus seguidores que de la calidad de su manuscrito. Pero hoy he venido a tu bandeja de entrada a explicarte el problema de haber perdido la narrativa. O al menos mi opinión al respecto.
Desde que somos bien pequeños, al menos cuando no había tanta pantalla, nos contaban historias, cuentos, fábulas… Y a lo largo de la historia de la humanidad, con mayor arte o menor, se han contado historias. Un avance fue dejar de contarlas en alto para escribirlas. Pero, siendo distinto el soporte, lo nuclear sigue ahí. Pero por hablar en concreto de algo, me gustaría sintetizar en algunos puntos la importancia del relato oral. Ya tocaremos algún día también sobre el salto de la tradición oral a la escrita; mientras tanto, te recomiendo El infinito en un junco, de Irene Vallejo.
En primer lugar, el narrador tiene que tener cierta capacidad para ordenar los sucesos, enlazarlos y contarlos con un tono y lenguaje adaptado al público. Esto parece de broma, pero exige cierta capacidad (Balduzzi). Y es frecuente, en los días en los que vivimos, que los más jóvenes y alguno otro que no lo es tanto tengan serias dificultades para conseguir contar algo que ha vivido, un suceso. Si no lo crees, fíjate en las próximas conversaciones. Cuentan los sucesos sin un hilo, desordenando las cosas, como a borbotones según le brotan del cerebro (si es adolescente, además intercalará unos cuantos “bro” por el medio; si es más mayor, simplemente titubeará). No logran procesar lo más mínimo para crear un relato coherente. Ya no les pidas que imaginen una historia…
El ser humano a lo largo de los siglos ha aprendido gracias a la narrativa (Bruner), pero ahora estamos destrozando esa capacidad humana para narrar. Y esto tiene más implicaciones, entre ellas la temporal que en un post anterior vimos, sobre cómo el tiempo se ha roto porque se ha perdido la tensión narrativa (Byung-Chul Han). Otra implicación más aterrizada es que cuesta cada vez más encontrar buenas historias y buenos narradores.
Segundo punto importante de las narraciones: “La narración suele ir asociada a la capacidad humana de saber formalizar y compartir una experiencia de sentido con otras personas” (Balduzzi). Las narraciones conectan al que habla y al que escucha. Pero no para ahí, conectan al narrador con los protagonistas del relato; es capaz de humanizar hechos, al contarlos, de trascender del medio (palabras) al sentir, a compartir una experiencia de sentido, a comprender la existencia.
En futuros mails continuaremos dándole alguna vuelta a todo esto. De momento, uno puede preguntarse: ¿cómo pongo esto en práctica? Pues yo te diría que la mejor manera de aprender a contar historias es leyendo las mejores historias, probando a escribir y siendo más conscientes de contar bien una historia cuando narramos un suceso. El enemigo son las pantallas y los contenidos enfocados a enganchar; con abstenerse de eso, el ser humano por sí solo comenzará a retomar la capacidad narrativa, porque no sabemos entender nuestra vida si no es como una historia. Es algo inherente al ser humano. El gran salto no es del mito al logos, que también, pero el importante es del gruñido al mito. En ese momento, en el que se comienzan a relatar historias (aún mitológicas), el ser humano comienza la búsqueda del sentido, y lo hace mediante la narrativa.
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Un saludo, Josete.