Air Fryer y otras tonterías
Hoy será un mail muy breve, de la encuesta del pasado mail me he apuntado seguir comentando a Séneca (y volver a ser incisivo, que he perdido fuerza), lo haré en próximas ediciones. Hoy solo me paso por aquí para hablar de comida. Si ves que el mail te ha entrado de una froma rara, es que estoy cambiando de plataforma y no termino de decidirme entre usar substack o mail… Si prefieres una u otra, házmelo saber.
Prácticamente, todo lo que sé de cocina lo he aprendido de Karlos Argüiñano, desde mi punto de vista, el mejor cocinero. No lo verás entre las grandes estrellas que te cobran un dineral por ir a comer a su restaurante superexclusivo, que en algunos casos es más fama que fundamento gastronómico; en cambio, lo ves cada día haciendo una labor de divulgación extensísima, y que se ha dilatado por muchos años en el tiempo. Pero bueno, no he venido aquí a hablar de Karlos, de lo que quería hablar hoy es del gusto por cocinar y por cocinar bien, y por qué eso nos influye.
La cocina tradicional no es una cocina técnicamente compleja ni que emplee unos ingredientes exóticos, sin embargo, se trata de una cocina laboriosa en cuanto a tiempo y óptima en lo que se refiere a ingredientes, aprovechando los de temporada, comprando frescos y productos que están disponibles en cualquier sitio. Este tipo de cocina choca frontalmente con las prisas, con los platos precocinados, con la comida a domicilio y la producción industrial. Comer es un acto diario, social en muchos casos y rico en matices cuando, por ejemplo, es el momento de compartir en familia un espacio de diálogo. Por ello también es importante reparar en qué se come, no solo por salud, que también es importante, sino por lo que lleva asociado el comer, la preparación, la dedicación del que cocina y luego el disfrute de comer, sin caer en la gula, importante.
Volver a la cocina tradicional, sin robots de cocina, que es que ahora parece que nos hemos vuelto tontos y tenemos que usar uno para hacer una crema de verduras; o el fenómeno freidora de aire, otro gran paso en la recesión mental de la humanidad, un horno con ventilador, casi no lleva años eso inventado… y el rebozado, por mucho que lo hagas en la freidora de aire, sigue siendo igual de fanegas que si lo fríes en aceite. Estos electrodomésticos y robots de cocina surgen porque cocinar lleva tiempo, y la vida moderna nos atrapa y nos deja sin tiempo… y caemos en la tentación de querer ahorrar tiempo en la cocina. Quizás sea un error, una mala priorización, quizás haya que quitar tiempo de otros sitios para dárselo al proceso de preparar comidas.
La cocina de toda la vida, de cazuela y cuchara de madera, no de instrumentos súper “cuquis” de silicona de colores ni la de yogures con mil semillas de “toppings” (que uno ya no sabe si se va a alimentar un humano o un pájaro con tanto alpiste), es la que nos acerca más a los sabores milenarios de la gastronomía y del rito casi místico de cocinar, de elaborar platos para que luego los que se sienten a la mesa tengan un rato agradable sensorialmente en el paladar y que además sea saludable, porque lo saludable es cocinar con ingredientes naturales, no los suplementos de herbolario ni de farmacia; si quieres proteínas come un chuletón, tieso. Ojo, hablo de personas normales, si eres un deportista de alto rendimiento, la nutrición al uso puede que no termine de cubrir todas las necesidades…
Leía el otro día, no recuerdo dónde, un post que decía algo como “que sentía ahora con cuarenta años más presión para tomar suplementos de magnesio por parte de sus amigos que con veinte para que se drogase”. Y refleja perfectamente una realidad que alimenta la industria de los suplementos, ahora parece que la comida ha dejado de alimentar y necesitamos extras externos. Eso no es así, aquí puede que coexistan dos razones: en primer lugar, el interés mercantil por vender, y en segundo lugar, de existir deficiencias nutricionales, seguramente sea debido a malas prácticas asociadas a comidas procesadas, malos hábitos alimenticios y malos ingredientes.
Hay que volver a la cocina, la de Karlos Argüiñano, con alimentos ricos, sanos, de temporada, económicos (o al menos más económicos que la comida precocinada). Rico y para toda la familia. Creo que no existe un placer más grande (los que me conocéis sabéis que verdaderamente lo disfruto) que sentar a toda una familia, o mejor aún, a varias familias y amigos, en torno a una mesa y cocinar para todos, desde los entrantes hasta los postres; es más, ahora me estoy esforzando por hacer también el pan.